Manipulación, propaganda e información: el escenario electoralista
Escrito por Rodrigo Rotela
“La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas”. (Bernays, 1928)
Edward L. Bernays, sobrino de Sigmund Freud y uno de pioneros en el estudio de la psicología de masas, describió en su libro Propaganda (1928), la manera en que la manipulación de las opiniones, de los hábitos, de las masas, “constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar”.
Las democracias posmodernas, esencialmente capitalistas, sustentan el poder de las élites dirigentes en los esquemas de manipulación de la opinión pública, en el dominio que tienen sobre los discursos mediáticos -entendiendo que las empresas que manejan la información y la comunicación también conforman esas mismas élites-, en la construcción de realidades y de escenarios políticos adecuados para su perpetuación, para la continuidad del modelo de gobierno que les conviene mantener, más allá de los deseos o necesidades de las masas de votantes que las legitiman.
Chomsky (2002) asevera que “la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario”. Es decir, sin aparatos ideológicos que aseguren la producción y reproducción de sentidos, de mensajes e ideas considerados “aceptables” por el establishment, las democracias serían inviables, al menos en la manera en que las conocemos; sin grandes corporaciones que nos digan qué pensar, qué comprar, a quiénes creer, querer y votar, las democracias quedarían expuestas a las decisiones individuales de los habitantes de una ciudad, de un país. Y esa idea de democracia no es la que conciben las élites dirigentes.
II
Manipulación de la Opinión Pública
Bernays (1928) fundamenta el sustento de todos los sistemas de gobierno en la manipulación de la opinión pública, al afirmar que “los Gobiernos, ya sean monárquicos, constitucionales, democráticos o comunistas, dependen de la aquiescencia de la opinión pública para llevar a buen puerto sus esfuerzos y, de hecho, el Gobierno sólo es Gobierno en virtud de esa aquiescencia pública”.
Opinión Pública. Aparece aquí en escena este nebuloso concepto que aparenta todopoderoso, tanto que concentra los esfuerzos de las élites en su manipulación, para preservar su poder. Lejos de la afirmación de Bourdieu (1990) de que “la opinión pública no existe”, gran parte de los intelectuales vinculados a los procesos políticos aseguran que el gran campo de batalla de las democracias está delimitado por eso a lo que llamamos opinión pública.
Sin embargo, la crítica de Bourdieu apunta a la poca legitimidad de eso a lo que llaman opinión pública, determinada por lo general por meros sondeos de opinión. Por esto -asevera-, las encuestas de opinión se convierten “en un instrumento de acción política” cuya función más importante “consiste en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como mera suma de opiniones individuales (…). Se trata de constituir la idea de que existe una opinión pública unánime, y así legitimar una política y reforzar las relaciones de fuerza que la fundan o la hacen posible”. (1990:171)
Más cercano en el tiempo, el mismo Bourdieu amplía sus conceptos respecto a la opinión pública y el espectro de su manipulación, combinación que determina en muchos de los casos la creación artificial de escenarios y la construcción de realidades políticas, esas mismas que viven los ciudadanos y las ciudadanas, pero que también son observadas a través de las mediaciones de las empresas periodísticas.
“¿Qué es esta opinión pública que invocan los creadores de derecho de las sociedades modernas, sociedades en las cuales el Derecho existe? Tácitamente, es la opinión de todos, de la mayoría o de aquellos que cuentan, de aquellos que son dignos de tener una opinión. Pienso que la definición patente en una sociedad que se dice democrática, es decir donde la opinión oficial es la opinión de todos, oculta una definición latente, a saber, que la opinión pública es la opinión de los que son dignos de tener una opinión. Hay una especie de definición censitaria de la opinión pública como opinión ilustrada, como opinión digna de ese nombre”. (Bourdieu, 2012)

Y he aquí una de las cuestiones centrales en la discusión de cuán democráticas son nuestras democracias occidentales, es decir, cuan representativas de los intereses genuinos del común, del demos, pueden llegar a ser las acciones políticas cuando las propias opiniones -asumidas como hechos políticos, como posturas-, son categorizadas a la manera feudal, o a la manera aristocrática, con base en la acumulación de algún tipo de capital (económico, cultural o social).
Si la opinión pública se configura a partir de la suma intencional de las opiniones de los individuos o grupos que son dignos de tener y sostener una opinión; y esta misma opinión pública es masificada a través de los medios de comunicación cuyos propietarios forman parte de la élite dirigente de nuestras sociedades; y es la misma opinión pública que legitima y otorga el poder real a las decisiones políticas de un gobierno; es bastante claro a qué intereses responderán, o a los intereses de qué grupos representarán nuestras democracias.
Y siguiendo este mismo razonamiento, podemos presuponer que los escenarios políticos se configuran en torno a los intereses de esa misma élite dirigente, que las realidades que conforman estos escenarios se construyen a partir de la acción intencional de las empresas de información y comunicación que median entre lo que vivimos y lo que vemos representados en estos medios.
Finalmente, es innegable que gran parte de la población de nuestros países reconoce el mundo a partir de -y solamente por medio de- las representaciones mediáticas de nuestros entornos sociales.
III
Desmovilización e imperios mediáticos
Herbert Marcuse, en su obra El hombre unidimensional (1993), desarrolla una crítica a la sociedad post-industrializada, y se vislumbra el papel que cumplirían los medios de comunicación en la construcción de realidades que permitieran el adormecimiento y la inmovilidad de los individuos ante el avasallamiento inconsciente por parte del estado de bienestar:
“El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocación efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas -liberadas también de aquello que es tolerable, ventajoso y cómodo-, mientras que sostiene y absuelve el poder destructivo y la función represiva de la sociedad opulenta. Aquí, los controles sociales exigen la abrumadora necesidad de producir y consumir el despilfarro; la necesidad de un trabajo embrutecedor cuando ha dejado de ser una verdadera necesidad; la necesidad de modos de descanso que alivian y prolongan ese embrutecimiento; la necesidad de mantener libertades engañosas tales como la libre competencia a precios políticos, una prensa libre que se autocensura, una elección libre entre marcas y gadgets” (Marcuse, 1993).
El imperio de las democracias occidentales, de las dictaduras del estado de bienestar con fachadas democráticas, otorga reducidos márgenes de acción a los individuos, alienados bajo la apariencia de una libertad tutelada con gran arraigo en los medios masivos. Esto es también parte de lo que Marcuse describe en El Hombre Unidimensional.
“Bajo el gobierno de una totalidad represiva, la libertad se puede convertir en un poderoso instrumento de dominación. La amplitud de la selección abierta a un individuo no es factor decisivo para determinar el grado de libertad humana, pero sí lo es lo que se puede escoger y lo que es escogido por el individuo. (…) Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación”. (Marcuse, 1993:38).
La función inmovilizadora que ejercen los grandes grupos mediáticos, a partir de los escenarios tutelados, coinciden con los esfuerzos de manipulación de la opinión pública y la construcción de realidades políticas, y reconfiguran la esencia de estos medios, adaptándola a los requerimientos de las élites dirigentes.
Para Ramonet (2002), los grandes grupos de medios de comunicación “ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un “cuarto poder” ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político. Tampoco desean ya erigirse en “cuarto poder” y, menos aún, actuar como un contrapoder. Si, llegado el caso, constituyeran un “cuarto poder”, éste se sumaría a los demás poderes existentes -político y económico-, para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos”.
En un tiempo, allá por los años de las primeras repúblicas, de las primeras naciones-estado, de los primeros regímenes democráticos modernos, la prensa servía como un tipo de contrapoder para los ciudadanos y las ciudadanas, respecto a los gobiernos. Sin embargo, dice Ramonet que “en la nueva guerra ideológica que impone la globalización, los medios de comunicación son utilizados como un arma de combate. La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente contaminada, envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones”.
Y, para ahondar aún más la crisis de representación y credibilidad de los sistemas democráticos, Ramonet pone sobre la mesa un elemento que no suele estar en la discusión: “los medios de comunicación son actualmente el único poder sin contrapoder, y se genera así en nuestras sociedades un desequilibrio perjudicial para la democracia. Antes había tres poderes que eran legítimos, pero que podían cometer errores. Para corregir esos errores se creó el «cuarto poder», la prensa. Hoy los medios forman parte, junto con los otros tres, de los poderes que nos oprimen”.
IV
La propaganda y los escenarios políticos prefabricados
Las realidades se construyen, y se construyen socialmente; ninguna realidad existe fuera de un entorno social determinado. Hoy, nuestras realidades se construyen -en buena parte-, mediadas por la televisión, la radio, los periódicos, los medios digitales o los social media.
La propaganda, en especial la propaganda política, buscan ejercer una fuerza importante en la construcción de estas realidades: los escenarios políticos son, de alguna manera, prefabricados a partir de la propaganda.
Según Pratkanis y Aronson (1994), “cada vez que encendemos la radio o la televisión, cada vez que abrimos un libro, revista o periódico, alguien está intentando educarnos, convencernos de que compremos un producto, persuadirnos para que votemos a un candidato o suscribamos una versión de lo que es correcto, verdadero o hermoso”.
Para estos autores, la finalidad de la propaganda moderna es, “cada vez más, no la de informar y divulgar, sino más bien la de persuadir a las masas a que suscriban una posición o punto de vista deseados”.
Respecto a la fabricación de escenarios -políticos, esencialmente-, una perspectiva sumamente perturbadora la esgrime Aldous Huxley (1958) en Propaganda bajo una dictadura, quien afirma que “la filosofía nos enseña a sentir incertidumbre ante las cosas que nos parecen evidentes; la propaganda, en cambio, nos enseña a aceptar como evidentes cosas sobre las cuales sería razonable suspender nuestro juicio o sentir dudas.”
Huxley contrapone a la propaganda con el mundo del conocimiento y la sabiduría; coloca a la propaganda -y a sus fines- en un escenario de negación intencional de la racionalidad. Podría decirse, incluso, que coloca la visceralidad de los discursos de la propaganda en un plano de negación del pensamiento, de la construcción racional del mundo. Bestializa la concepción del mundo en que habitamos, a partir de las representaciones que re-conocemos de ese mismo mundo a partir de las mediaciones que recibimos a diario.
“Es manipulando “fuerzas ocultas” como los peritos en publicidad nos inducen a comprar sus mercancías: una pasta de dientes, una marca de cigarrillos, un candidato político. Y fue acudiendo a las mismas fuerzas ocultas -y a otras demasiado peligrosas para que la Madison Avenue recurra a ellas- como Hitler indujo a las masas alemanas a que se compraran un Führer, una insana filosofía y la Segunda Guerra Mundial.” (Huxley, 1958)
V
Nuevos medios, ¿nuevos escenarios?
Entonces, si desde principios del siglo XX podemos hablar de la existencia de un mundo manipulado -quizás distinto del real-, a manos de políticos y hombres y mujeres vinculados a las empresas periodísticas y comunicativas, ¿qué estadio atravesamos en la actualidad, con tantos medios y tantos mensajes al alcance de tanta gente, casi sin tener que buscar, sin tener que esforzarse para ello?
Ignacio Ramonet (2002) considera que los cambios no son muchos, pero son sustanciales: “¿Qué es lo que ha cambiado, en material de manipulación de masas, desde hace, digamos, veinte años? esencialmente, dos cosas: la irrupción de internet y la nueva ofensiva cultural norteamericana.”
Esta irrupción de internet es considerada, por muchos -incluido Ramonet- como una nueva revolución, el principio que configura una nueva era, similar a lo que pasó con la revolución industrial: se modifican los paradigmas de producción y acumulación de riquezas, se modifican los lenguajes sociales de convivencia, y se modifican los escenarios de interacción entre los ciudadanos y ciudadanas habitantes de las polis modernas.
Internet, hoy, se configura como un páramo de extensiones casi inconmensurables, donde conviven tantas formas y plataformas comunicativas como pueda imaginarse.
Sin embargo, pareciera que la propaganda no solo no logró aumentar sus niveles de penetración en este nuevo espacio, sino que ha encontrado una oposición que no ha encontrado en otras plataformas más tradicionales: la multiplicidad de canales y medios para la transmisión de información y opiniones ha democratizado -de alguna manera- la configuración de los escenarios de opinión pública actuales.
Los entusiastas de internet y de los contenidos intelectuales no centralizados (códigos abiertos, licencias colaborativas, datos abiertos, etc.) aseguran que este espacio podrá permanecer mucho más libre que el ocupado por los medios masivos tradicionales, debido a la multiplicidad de voces que allí pueden encontrarse. Sin embargo, es claro que las voces que más fuerte resuenan siguen siendo las de los medios masivos más reconocidos y sus exponentes más afamados.
Así las cosas, se hace difícil pretender interpretar o adivinar futuros escenarios -o incluso las formas futuras-, en que se podría desarrollar la manipulación de los contenidos informativos o la penetración de la propaganda en la construcción de futuras realidades políticas; e incluso pretendiendo hacer futurología, es probable que las situaciones geográficas y de desarrollo generen situaciones diversas para cada contexto.
Lo único -en este punto-, que es aún innegable que los medios tradicionales pudieron haber perdido el monopolio en la producción y reproducción de opiniones e información, pero no la hegemonía en la reproducción de los sentidos, mensajes y estereotipos tan necesarios para la penetración silenciosa de la propaganda, para la consolidación en la manipulación de los escenarios sociales y políticos, y por qué no, de las relaciones entre los diversos agentes económicos de este gran mercado.